Un ataque de pánico aparece de golpe: el corazón se acelera, cuesta respirar, y en cuestión de segundos el cuerpo entra en alerta máxima sin que haya un peligro real delante. Quien lo vive por primera vez suele pensar que le está pasando algo grave, y esa misma idea alimenta el propio ataque.

¿Qué es un ataque de pánico?

Un ataque de pánico es una respuesta de miedo intensa que aparece de forma repentina, alcanza su punto máximo en pocos minutos y después va bajando. Es, en esencia, la misma reacción de "lucha o huida" que el cuerpo activaría ante un peligro real, solo que se dispara sin que haya ninguna amenaza externa.

No es peligroso en sí mismo, aunque se sienta como si lo fuera. El cuerpo no está fallando: está reaccionando de más ante algo que ha interpretado como amenaza, aunque no la haya.

Síntomas: qué está pasando en el cuerpo

  • Palpitaciones o taquicardia: el corazón bombea más rápido para preparar al cuerpo para la acción.
  • Falta de aire o sensación de ahogo: la respiración se acelera y se vuelve más superficial.
  • Mareo o sensación de irrealidad: la hiperventilación cambia los niveles de oxígeno y dióxido de carbono en sangre, lo que puede producir esta sensación.
  • Temblores, sudoración fría, opresión en el pecho.
  • Miedo a perder el control o a que algo grave esté pasando: es habitual pensar en un infarto o en "volverse loco", aunque no ocurra ninguna de las dos cosas.

Qué hacer mientras ocurre

  • Nombrar lo que está pasando: recordar, aunque cueste, que es un ataque de pánico y que va a pasar, no un peligro real.
  • Alargar la exhalación: respirar procurando que el aire que sale dure más que el que entra ayuda a regular la hiperventilación.
  • Buscar apoyo en los sentidos: notar algo frío, algo que se pueda tocar, algo concreto del entorno, ayuda a anclarse al presente.
  • No luchar contra la sensación: intentar "hacer que pare" a la fuerza suele alargarlo. Dejar que siga su curso, sabiendo que tiene un pico y luego baja, ayuda más que resistirse.

Por qué tienden a repetirse

Después de un primer ataque, es habitual empezar a estar pendiente de las sensaciones del cuerpo, por miedo a que vuelva a pasar. Esa vigilancia constante hace más fácil detectar cualquier cambio físico normal —el corazón que se acelera al subir escaleras, por ejemplo— e interpretarlo como el inicio de otro ataque. Es lo que en psicología se conoce como "miedo al miedo", y es precisamente lo que mantiene el ciclo activo.

Cuándo se convierte en trastorno de pánico

Cuando los ataques se repiten y, además, aparece un miedo constante a que vuelvan a ocurrir —hasta el punto de evitar lugares o situaciones por si acaso— se habla de trastorno de pánico. En estos casos ya no es solo el ataque en sí, sino la anticipación constante, lo que más limita el día a día.

Cuándo buscar ayuda

Si los ataques se repiten, si has empezado a evitar sitios o planes por miedo a que ocurra uno, o si la anticipación ya ocupa buena parte de tu día, merece la pena pedir ayuda. La terapia cognitivo-conductual tiene un respaldo sólido para el trastorno de pánico, porque trabaja tanto la interpretación de las sensaciones físicas como la evitación que se va instalando alrededor.

Fuentes

  1. American Psychiatric Association (2022). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (5th ed., text rev.). Criterios diagnósticos de trastorno de pánico.
  2. Barlow, D. H. (2002). Anxiety and Its Disorders: The Nature and Treatment of Anxiety and Panic (2nd ed.). Guilford Press.
  3. National Institute for Health and Care Excellence (NICE) (2011, actualizada). Generalised anxiety disorder and panic disorder in adults: management. Guía clínica CG113.
  4. Clark, D. M. (1986). A cognitive approach to panic. Behaviour Research and Therapy, 24(4), 461–470.

Si quieres trabajar esto con calma y a tu ritmo, tienes disponible una guía práctica para afrontar un ataque de pánico, en formato PDF descargable.